La foto seleccionada para este trabajo corresponde a la primera de estas escuelas inaugurada en junio de 1912. Construida de pino blanco y cedro por carpinteros especializados en carpintería naval, fue restaurada y en la actualidad se encuentra en el paraje conocido como “Abra nueva”, en el punto de unión con el arroyo “Tanino grande”.
Según la Dirección de Islas, existen más de treinta establecimientos educativos de este tipo dispersos en el Delta del Paraná. Otro ejemplo es la escuela flotante N°62, la cual recibe aproximadamente diez alumnos en la Cuarta Sección de Islas, Arroyo Los Laureles en el departamento Victoria, provincia de Entre Ríos.
A partir de lo explicado elaboré una crónica personal sobre los habitantes y rutinas de este último lugar.
El maestro, soltero, de unos treinta y cuatro años, pasa a buscar a los alumnos por sus casas. Conoce el camino, no necesita la carta para llegar. Aunque el motor de la embarcación, gastado, desprende un intenso olor a querosén que se filtra en la cabina, ni él ni los niños se preocupan.
Para llegar hasta la escuela, de lunes a viernes dirige su lancha corriente arriba por el río Paraná, surcando arroyos se entierra en el barro arcilloso del fondo y vuelve a salir sin esfuerzo. Partiendo desde la Estación Fluvial de Tigre, deja atrás el río Sarmiento, el Carapachay y se acerca a la inmensidad del río mayor, el Paraná. En la popa, sentados, una docena de niños entre seis y doce años acompañan con sus figuras el vaivén del oleaje. En los días de lluvia, los vidrios de la embarcación se empañan y vuelven tapiz para nombres y dibujos delineados por los dedos de los niños.
En invierno aún es de noche cuando pasan a buscar a los alumnos. El frío viste los menudos cuerpos con camperas y los obliga a frotar sus manos entumecidas cuando el viento se mete por las ventanas sin vidrio. Ni bien sale el sol cerca de las seis y cuarto de la mañana, la naturaleza ofrece los primeros rayos de luz que se entrelazan sobre las orillas de arena. La figura de los árboles y casas a medio pintar amontonados en patrones irregulares al través se convierten en manchas verdosas a medida que avanzan y se pierden hacia popa cuando el capitán mueve la palanca de mandos.
Media hora después la embarcación se acerca a la escuela. A lo lejos aparece algo semejante a una casa pequeña con techo de chapa a dos aguas sobre una estructura de madera. Alrededor listones blancos uno sobre el otro se levantan hasta alcanzar una altura de un metro y medio, funcionan como balcón por donde transitar. Un salvavidas naranja cuelga de un lateral.
Dos veces por día los niños bajan de la lancha del maestro por una escalera a estribor. Todos saben moverse en una embarcación, lo han aprendido de sus padres. Los más pequeños con un empujón sortean la distancia entre la cubierta de la lancha y la huella de la escalera del muelle.
La escuela, pintada de látex blanco con ventanas de doble hoja verde olivo y gruesos mosquiteros que se extienden hacia fuera e impide a los tábanos penetrar durante la temporada de verano, funciona aún cuando la temperatura supera los cuarenta grados centígrados.
El edificio se ha modernizado con el paso de los años y paneles solares descansan de a dos sobre el techo. Resultan indispensables para alimentar una bomba de agua, el tubo fluorescente que ilumina la entrada cuando llega la noche y alguna que otra lámpara interior.
Al llegar, el capitán amarra la embarcación a la estructura de cemento que mantiene a flote la escuela. Este mecanismo permite que, con las inundaciones periódicas, el edificio suba y baje con la marea. De otro modo, las aguas oscuras del río, cargadas de arcilla podrían someter la estructura a sus antojos. También posee un motor fuera de borda para navegar a zonas más seguras de ser preciso.
El maestro vive durante el año escolar en una casa a metros de la escuela y prepara cada mañana el desayuno para los niños que llegan hambrientos. Para la mayoría será la primera ración del día. En estos lugares rurales los maestros cuidan de los alumnos. Él, que pasa horas con ellos, cocina el almuerzo y los ve crecer. También trae agua potable que escasea en esta parte del Delta. La que proviene del río se utiliza para lavar utensilios y limpiar. Aquí no hay internet y la señal de televisión llega débil desde la ciudad con las noticias del día. Algunos de los maestros que enseñan aquí son isleños, otros vienen de la ciudad. Estos saben que siempre serán forasteros para esta gente que tiene poco contacto con la ciudad.
Puertas adentro, sobre una de las paredes, descansan diccionarios, tizas, diarios, plasticola y útiles como en cualquier otra escuela del continente. Sobre las paredes de machimbre hay mapas de América y de Entre Ríos. Una cartulina rectangular con letras de imprenta estipula quiénes serán los abanderados los siguientes meses. Celeste, una alumna de primer grado, tendrá el privilegio de cargar la bandera en el próximo acto patrio.
Durante el día, la luz recorre el aula desde una ventana. El piso de madera de pino soporta media docena de bancos con sillas de un material indeleble que los niños se encargarán de poner a prueba con trazos y dibujos.
En el aula conviven alumnos de distintos grados. El maestro pregunta, ¿de qué está compuesta una bandada? ¿Qué es un rebaño? ¿Cuánto es 10 más 5? Los niños responden animados -¡Quince! -¡Un conjunto de ovejas! Otro alumno dibuja la embarcación que lo lleva todos los días a la escuela. Un niño sostiene un lápiz y registra lo que su maestro, de pie con guardapolvo blanco dicta: “Miércoles lleva acento”.
El patio tiene pocas limitaciones de espacio, sus vértices son unas casas dispuestas sobre hileras de troncos enterrados para que no se las lleve la creciente. Allí juegan los niños durante el recreo sin traspasar la frontera que la vegetación establece con el monte cerrado y profundo de la isla.
Todos desde muy pequeños manejan el lenguaje de río. Presienten cuando va a llover, cuando la sudestada se prepara para abatir contras las casas y la forma de las nubes les ordenan que deben refugiarse o prepararse para no regresar a sus hogares por algunos días.
Aprendieron de sus padres las destrezas necesarias para manejarse en la isla desde temprano. Se las ingenian para fabricar piezas, escaleras, cajas, son dados a los oficios, pintan sus casas prefabricadas. Todos comparten la idiosincrasia de la periferia que delimita el agua, del borde de la tierra. Son hijos y nietos de los primeros pobladores de las islas, granjeros, cosechadores de naranjas que sembraron donde nadie tenía fe que crecería la vida. Vienen de lo profundo del monte isleño, son los nietos de los primeros criadores de búfalos, cuya leche se usaba para elaborar queso.
Durante un acto por el 9 de julio, la maestra sostiene la bandera para que no toque el suelo. Una alumna tira de la cuerda que iza el emblema hasta el tope del mástil. Juntos entonan las estrofas del Himno Nacional. De ese modo llega también a aquel rincón, de forma simbólica, el Estado.
Todos los días los pobladores pasan con sus botes junto a los camalotes que descienden corriente abajo. Las amas de casa que se toman la colectiva para ir a trabajar al continente saludan a los niños mientras estos juegan en la orilla. En los muelles los sauces tocan con sus bocas las aguas.
Al final del día, cuando cae la tarde, el sol se despide del agua y de los árboles. Al otro día volverá para iluminar la vida en la isla una vez más. El maestro deja a cada alumno en sus casas y se prepara para la jornada siguiente.



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